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sábado, 10 de diciembre de 2011


LA PRÀCTICA DE LA HOSPITALIDAD

La práctica de la hospitalidad es una hermosa virtud cristiana la cual las Escrituras nos exhortan constantemente por precepto y ejemplo, esa bondadosa y generosa recepción del prójimo al abrigo y cuidado del hogar de uno, se ha llamado la gloria del hogar y la flor de la vida hogareña. En un justo y adecuado adorno de la doctrina de Dios nuestro Salvador. La esencia misma de la doctrina integral de Dios es su gracia abundante y generosa que fluye en bendiciones divinas hacia el hombre pecador. La hospitalidad del cristiano a su prójimo es una pequeña manifestación de esta misma gracia fluyendo por el canal de su corazón redimido.
Las epístolas del Nuevo Testamento, las cuales exponen completamente esta maravillosa gracia de Dios, urgen la práctica de la hospitalidad como una parte vital del cristianismo práctico. Entre los cristianos primitivos, se dice, que la hospitalidad era tal marcado rasgo de sus vidas, que aún los gentiles de alrededor los admiraban por ello. Mirando a las exhortaciones de las Escrituras, vemos de Romanos 12: 9.21, que uno de los muchos preceptos los cuales forman la santa ropa del cristiano vivo, es: "practicando la hospitalidad". Así también uno de los requisitos para ser "obispo" o "sobreveedor" es que debe ser "hospedador" u "hospitalario (I Tim. 3: 2; Tito, 1: 8).
Pero la hospitalidad no ha de ser sólo demostrada a los que amamos y conocemos; ha de ser mostrada a los desconocidos de igual modo. Así Hebreos 13:2 nos instruye, "No os olvidéis de la hospitalidad, porque, por ella, algunos hospedaron a los ángeles". Aquí se hace referencia al bello acto de Abraham y Sara en Génesis 18, cuando ellos diligentemente prepararon una comida personal para los tres forasteros que vinieron a la puerta de la tienda de ellos, y más tarde demostraron ser dos ángeles y Jehová Dios mismo. Los benditos resultados de mostrar hospitalidad a los extraños es de ese modo ilustrada, como muchos ha probado desde entonces.
La falta de hospitalidad
'Uno de los rasgos admirables del patriarca Job era, que él abría sus puertas a los viandantes, y el forastero no posaba en la calle (Job 31:32), mientras los días de decadencia y apartamiento de Dios y Su voluntad por Su pueblo están caracterizados por la falta del mismo. Esto se nota en los días de los Jueces (Juec. 19: 15 - 18), cuado el pueblo de Dios estaba en muy bajo y mal estado de alma. En ese tiempo cierto levita y los que le acompañaban vinieron a la ciudad de Gabaa, de la tribu de Benjamín y se sentó en la calle cuando el día declinaba "porque no hubo quien los acogiese en casa para pasar allí la noche". El tuvo que decir: "Mas voy ahora a la casa de Jehová, y no hay quien me reciba en casa". Más tarde, sin embargo, un anciano de Efraim, que moraba como forastero en Gabaa, se acercó y lo llevó a su casa.
En nuestros días de Laodicea, de tibieza y un estado de alma autosatisfecho, necesitamos percatamos, no sea que esta misma falta de hospitalidad se convierta en característica de nuestros hogares. En medio de las complicadas y agobiantes condiciones de vida del presente, la práctica de hospitalidad puede hacerse más difícil pan algunos, y para nuestras mentes, la falta de ella puede ser plausiblemente excusada. ¿Pero es ello así ante la santa vista de Dios? ¿Cómo parece ante El Quien escudriña los riñones y el corazón?, ¿estuvieron los cristianos primitivos en mejores circunstancias que nosotros para practicar la caridad? ¿Y son las exhortaciones en las Escrituras en cuanto a la hospitalidad de menor aplicación a nosotros en nuestros dais de prueba que a ellos en sus días? Examinemos de nuevo seriamente la cuestión, y sed hallados sobresaliendo en la excelente virtud de la hospitalidad.
La Sunamita
En hermoso contraste con los días de Jueces 19 están los hechos encomiables y hospitalarios de la "gran mujer de Sunem", según se registra en 2 Reyes 4: 8 - 17. Cuando el profeta Eliseo pasaba por aquel camino, ella le obligó a entrar y comer pan, y siendo tan cordialmente bienvenido, él se volvía a comer pan allí cada vez que pasaba por aquel camino. Un día ella habla a su marido y le propone hacer una pequeña cámara al profeta, amueblándola pan que el profeta se alojara en ella cuando viniera por allí. Hicieron esto y cuando el profeta venía y disfrutaba de este especial hospitalario amor, se regocijó mucho y dijo: "Tú has sido solícita por nosotros con todo este esmero, ¿qué quieres que haga por ti?"
Pero nótese la simplicidad de la cámara para hospedar de esta sunamita y su hospitalidad. Ella contenía sólo las cosas necesarias para el descanso físico y comunión y refrigerio espirituales. Una cama para dormir, una mesa para leer o escribir sobre ella, un taburete para sentarse y un candelero por el cual alumbrarse, constituían el mobiliario de aquella habitación. ¿No hay aquí un estímulo para aquellos de medios sencillos para practicar la caridad de igual manera? No es con frecuencia el orgullo de la vida la que gusta de ostentar opulencia ante los huéspedes y alternar con otros la causa yaciente de la falta de hospitalidad? Que podamos todos aprovecharnos de, y andar en la simplicidad de esta gran mujer de Sunem y ser hallados en "la simplicidad que es en Cristo" (2 Cor. 11: 3). "El hombre mira lo que está delante de sus ojos, más Dios mira el corazón" (I Sam. 16: 7). Es la bondad y el amor del corazón lo que cuenta en la hospitalidad, y no las abundantes y maravillosas aportaciones que uno pueda o no pueda estar dispuesto a suplir. Esto está más tarde sostenido por Pedro en las palabras de I Ped. 4:9: "Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones". Todo lo que uno posea, poco o mucho, debe ser compartido con otros de voluntad. Es el espíritu en el cual se hacen las cosas lo que cuenta más que lo que se hace.
Las palabras del Señor en Mateo 10:42 son adecuadas en relación con esto: "Cualquiera que diere a unos de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, en nombre de discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa". Aquí está la promesa segura de recompensa por la hospitalidad brindada como al Señor, aún por un acto tan pequeño como dar un vaso de agua fría.

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